lunes, 14 de noviembre de 2016

La dueña

Zarpé en mi barco hacia aguas peligrosas, tormentas asomaban en mi camino, envié palomas mensajeras al cielo indicando nuestro lugar de encuentro. Sin saber si me esperabas me adentré en los mares oscuros y desconocidos. Luché con olas de incertidumbre, vientos de desesperación amenazaban con hundir mi barco, divisé a lo lejos una pequeña paloma revoloteando sin destino. Parecía volar sin fuerzas. -Tal vez es un mensaje de ella. Pensé. -¡Icen las velas! Grité con euforia, el corazón apresurado sacaba la tarea entre la lluvia y los azotes de las olas, la razón se negaba a cooperar, siempre indecisa y llena de dudas, decidí ignorarla y me precipité a cumplir el trabajo de esta. Soltando las amarras para desplegar las velas del viejo barco, retomé mi lugar como capitán y giré el timón hacia el ave, cambiando así completamente nuestro destino. Viajamos siguiendo a la pequeña y débil ave por algunos días. Poco a poco el cielo despejaba y esta me indicaba el camino. -¡Tierra, tierra! Grita sin control la razón. Las olas calman mientras llegamos a puerto. El atardecer parece jugar a las escondidas con las olas. Una bella sonrisa asoma en la playa, esperando. Tu figura fue como la imaginé. Sonriendo los dos cruzamos apenas un par de palabras. Envueltos en ese momento un estruendo resuena cerca, viene de dentro de la isla. El suelo parece derrumbarse bajo nuestros pies, los árboles caen, amenaza una gigante presencia, oscura, vil, envuelta en llamas. Te ha mantenido cautiva todos estos años. Es él. -Vamos, acompáñame, he venido para llevarte a casa. Sin pensarlo subiste a este barco, parece que siempre te perteneció. Como niños la razón y el corazón escuchan atentos tus historias. Desde mi puesto como capitán te veo de reojo. Sin conocerte todo parece bien. Por fin este barco tiene dueña. Tú mi dueña.

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